Si quisiéramos
destruir el silencio
como una hoja
de plástico arrancada,
quizás podríamos
dejar mensajes de polvo
y grasa de los dedos
en las manivelas,
quizás podríamos
enviar en cada fax
nuestra saliva;
o cuando menos unas lágrimas
que encogieran zonas del papel.
Quizás podríamos
musitar ante una imagen...
o ante un recuerdo por las noches...
o musitarle al silencio
tus oídos
o musitarle al silencio con toda la intención
de romperlo
aunque sepamos que no produciremos
ni siquiera grietas,
Hace mucho que deseo
con tan poca fuerza
tocar tu cabello.
Hace tanto tiempo
que débil,
vagamente
pienso en ti.
Y no puedo
concretarte como una idea
de la que tan sólo tengo
una frase garabateada
en un cuaderno.
Los ojos se aturden
con ciertos tratamientos:
mi papá mira el televisor
todo el día,
desde 1924.
Y yo busco tu nombre
en las listas de popularidad,
en las “agencias de amistad,
matrimonio y algo más.”
Busco tu imagen impresa
cuando me leen las cartas
o cuando aparece
un nuevo libro de poemas.
Y trato de no buscar
y a veces olvido hacerlo.
Yo mismo a veces
yazgo en la memoria inmediata
de alguna adolescente de preparatoria
a la que le sonreí demasiado.
El niño ha sido deshabitado,
sus huellas rasgan la lluvia,
el silencio tiene repliegues de hule.
Respiro sobre mi peso,
un grito se hace
migajas de pan en tu sombra
y toda levedad, todo fantasma
ahoga de sangre tibia,
callan huesudos los insectos
con sus brazos y ojos de porcelana,
pues en el vidrio
no se refleja la luna,
la luna en el vidrio
no guarda lámparas,
no hace añicos la memoria.
Quisiera que la memoria fuera
un vaso que cae al vacío
majándolo todo
como un vaso de fuego.
Quisiera que la memoria fuera
el sonido del silencio
en un elevador.
Cuando te vea...
si es que te veo,
quisiera ver a otra Mariana:
una a la que pudiera amar
o una a la que pudiera despreciar.
Quisiera ver a otra Mariana,
y lloraría.
domingo 11 de septiembre de 2011
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